Las obras de la nueva terminal y shopping generan debate en la ciudad. El retiro de grevilleas centenarias y la fuente de plaza Rodó dividen opiniones.
Las obras que avanzan en el predio donde se construirá la nueva terminal de ómnibus y shopping de Durazno generan opiniones que van mucho más allá de los inconvenientes en la prestación de servicios. El retiro de árboles de larga data y la intervención sobre la Plaza Rodó han encendido un debate que mezcla nostalgia, identidad urbana y cuestionamientos sobre el uso de los fondos públicos.
Para los duraznenses de más larga memoria, la zona tiene una carga simbólica particular: décadas atrás, de la mano del ferrocarril, fue un espacio de esplendor y tránsito cotidiano. La transformación en curso marca, para muchos, un antes y un después irreversible.
La fuente que se va
Uno de los focos del debate es el retiro de la fuente ubicada en la intersección de las calles Apolo, Gallinal y Oribe. La instalación había sido inaugurada en abril de 2009, durante la segunda administración del intendente Carmelo Vidalín. Siete años después, en abril de 2016, se adjudicaron trabajos de mantenimiento por un monto de U$S 7.320 con IVA.
El ex edil colorado José Pedro Varela se expresó en sus redes sociales con una lectura que combina crítica estética y cuestionamiento al gasto público: «Por ahora lo mejor de la obra del nuevo Shopping de la Terminal Rodó es que van a retirar el monumento al despilfarro de la IDD. La fuente. Esperemos que este hecho, para mí relevante desde el punto de vista estético, sea también un tiempo de cambio significativo en la defensa del dinero de los contribuyentes».
La pregunta que también circula entre los vecinos es qué destino tendrá el monumento que recuerda a José Enrique Rodó, que hasta ahora integraba el paisaje de la plaza.
«Un adiós no deseado»
Desde otra vereda, el docente Disman Anchieri publicó bajo ese título una reflexión sobre los árboles que ya no están, acompañada de fotografías tomadas en noviembre pasado, cuando aún permanecían en pie.
Anchieri describió con precisión las grevilleas robusta que rodeaban la plaza —también conocidas como árbol de fuego, roble sedoso o pino de oro—, árboles de origen australiano, follaje persistente y flores doradas anaranjadas que cada año convertían el espacio en un paisaje singular. «Sus flores son doradas anaranjadas, de 8 a 15 centímetros de largo», recordó.
Pero su texto no se quedó en la botánica. Fue una reflexión sobre la mirada y la memoria: «Pensando en su historia pasada, cómplice de abrazos y saludos a los recién llegados, que el tren, como ahora los ómnibus, traía y dejaba a sus pies cada día. Pensando en aquellos diarieros de antaño que todas las mañanas esperaban allí su sustento, jugando algún picadito bajo su sombra generosa».
Para Anchieri, el árbol urbano no es un elemento decorativo sino parte constitutiva de la identidad de una ciudad. «Mirar también es cuidar, atender, proteger, amparar o defender a alguien o algo y lamentablemente hemos fracasado», escribió. Y concluyó con una convicción que no abandonó pese al resultado: «El árbol urbano es un elemento fundamental en el paisaje de la ciudad. Y en Durazno, estos árboles eran parte tangible y real de nuestra identidad».

