La ciudad ha ido cambiando con el paso del tiempo; unas pocas décadas atrás era impensado para muchos de nosotros la creación de nuevos espacios y de otros tantos edificios, además de la modernización de la actividad comercial y la difusión de nuevas tecnologías que nos han vuelto más cómoda la vida en varios aspectos.
Pero no obstante la irrupción del progreso, hay lugares de la ciudad, que si bien han sufrido algún que otro arreglo cosmético, continúan siendo espacios de encuentro y guardan todavía mucho de la mística que la definen e identifican. Nos referimos a las plazas, y en las plazas han estado desde tiempos pasados, los quioscos.
Se cuenta que el primer quiosco en la ciudad dataría de los años veinte del siglo pasado, instalados en algunas de las plazas a imitación de lo que años antes sucedió en Montevideo.
Un vocablo que proviene del turco
La palabra kiosko es de origen turco, y significa “pabellón o mirador”, eran comunes en los parques y en los jardines de grandes dimensiones en ciudades de Europa, junto con las glorietas. Luego el vocablo se afrancesó y quedó kiosque y de ahí deriva kiosco (también quiosco)
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Ya en la época moderna y más acá, eran lugares donde se vendían recuerdos y objetos pequeños y con el paso del tiempo comercios donde uno podía adquirir cigarros, diarios, golosinas, etc..
Cuentan que los primeros kioscos en nuestro país fueron importados de París, en 1909, por el entonces jefe comunal montevideano Daniel Muñóz, y eran de base octogonal, construídos en madera con un techo bombé de metal. Luego habrán de devenir en formas más modernas, siguiendo las líneas de las construcciones sencillas tipo caseta, con una ventanilla por donde expender las mercaderías y vitrinas en las paredes exteriores para mostrar los artículos a ofrecer, además de diarios y revistas.
En la Plaza Sarandí, sobre la esquina de las calles 18 de Julio y Dr. Herrera, estuvo por varios años, un kiosko de madera, base octogonal, con postigones y pintado de un verde sobrio y oscuro. Recuerdo que su dueño fue un señor de nombre Ariel Etchebarne.
Rastreando en el pasado
Al viejo kiosco de Ariel, como también se le conoció, se agregan otros tantos ubicados en las principales plazas de la ciudad.
En la plaza Rodó, hoy extinta por la piqueta fatal del progreso como los escribiera Víctor Soliño en el recordado tango “Adiós mi barrio” hubo, según los memoriosos, dos, uno enfrente de la estación del ferrocarril y otro detrás de la misma.
En el centro, en la plaza Independencia, los quioscos de Arriola y el de Robano, sobre la calle Manuel Oribe en las esquinas con Batlle y Ordóñez y Rivera, respectivamente, y sobre la calle Eusebio Píriz, el de Mauccione, – célebre por sus helados -, y el de Luján (luego del Sirio Chaoud)
En la plaza Sarandí, el de Ariel, comprado por Etchebarne a los dueños anteriores, y el que fuera de Telmo Quijano, en la esquina de Herrera y Artigas, mientras que en la esquina de Artigas y 19 de Abril, el quiosco de otro Mauccione.
En la plaza Artigas también los hubo, y se recuerdan dos de ellos.
Los quioscos vendían un poco de todo: golosinas, tabacos y cigarrillos, algunas bebidas sin alcohol, como refrescos por ejemplo, figuritas, diarios y revistas (cuando los medios digitales y el celular ni siquiera se soñaba que algún día se fueran a inventar) y varios artículos más que el transeúnte y el viajero podían hallar en estos comercios al paso.
Pero los artículos que decoraban su exterior, colocados en soportes a veces improvisados, eran los diarios del día y allí el público podía llevarse una primera impresión de las últimas noticias, también estaban las revistas con sus coloridas portadas.
Eran punto de encuentro para los vecinos, cumpliendo una función socializadora en el Durazno de antaño.
Recuerdo que estaban abiertos todos los días de la semana y por largos horarios.
¿Qué pasa hoy con los quioscos?
Este tipo de comercios han recibido el impacto de los cambios que la vida económica impone sobre diferentes actividades de la sociedad, las modificaciones en los hábitos de los consumidores y eso se refleja en la dinámica de las ventas a lo largo del mes.
Para conocer cómo pasa la vida para quienes tienen un quiosco como actividad laboral decidimos conversar con algunos protagonistas para conocer algunas de sus experiencias personales.
En la esquina de Manuel Oribe y Batlle, el quiosco “3D” no está ajeno al movimiento de la plaza, el ir y venir de la gente a lo largo de la jornada, y los que que eventualmente se detienen frente a su ventanilla marcan la vida del comercio.

El viejo quiosco de Arriola, que lo fuera en nuestra niñez, fue cambiando de dueños. Hoy está al frente David Casavieja.
“Hace 18 años que estoy en este emprendimiento” que además es su fuente laboral.
David pasa prácticamente, con la ayuda de su compañera, todo el día en el quiosco con turnos que completan entre ambos una jornada de doce horas.

Los quioscos tienen su clientela, es decir gente de diferentes edades, los mayores que por costumbre ya concurren al comercio ya sea para probar suerte con los juegos de apuestas autorizados, comprar algunos artículos de poco costo o actualizar el saldo de sus celulares, y en los horarios de entrada y salida de las escuelas vecinas a la plaza Independencia los clientes son otros, los menores que compran la merienda y algunas golosinas.
Según Casavieja “esos son los dos tipos de clientes más comunes y habituales”, nos decía.
La venta de bebidas sin alcohol y jugos, y de algunos pocos diarios, completan la oferta del quiosco.
Con los fríos del invierno y los calores del verano el quiosquero se mantiene firme prestando un servicio que, a veces soslayado, conjuga mucho de nuestra esencia popular.
Niños y jubilados, clientes especiales
Lugar donde comprar la merienda para los escolares, los quioscos sienten la ausencia de estos pequeños clientes cuando finalizan las clases y vienen las vacaciones de verano.
En el otro extremo de la franja etaria humana, los jubilados y pensionistas, muchos de ellos dejan sus pesitos adquiriendo caramelos y otras baratijas, o tentando a la suerte con alguna jugada a la raspadita o la tómbola, y los más habitué siguiendo las tres cifras, o el número de dos cifras en cabeza y siete.
Cuando los quioscos se vestían de diarios y revistas
En el recuerdo quedan imágenes que no se borran tan fácilmente, por ejemplo cuando circulaban muchos diarios matutinos y algunos de la tarde, que llegaban estos últimos a la noche en el ferrocarril, también revistas y otras publicaciones de muy variadas temáticas, todo ello consumido cuando no existían ni por asomo ningún artificio del mundo digital.
Temprano, luego de abrir, el quiosquero iba colgando y agarrando con palillos de madera las revistas en improvisados soportes sobre el exterior del quiosco, y en otro los diarios de la mañana, todo de manera ordenada lo que le daba al quiosco, visto de lejos un colorido singular.
Las publicaciones allí expuestas eran un llamador seguro para su consumo por parte de ávidos lectores de los cuales hoy no quedan casi, todo el mundo se ha vuelto adicto a las pantallas, diarios y revistas circulan muy poco, y en muchos casos se venden menos aún.
Muchos transeúntes, al pasar, ya se llevaban la impresión que dejaban los titulares de las publicaciones, y estaban también los lectores “de ojito” que mientras hablaban con el quiosquero disimuladamente pasaban los dedos por las primeras páginas de un diario y se enteraban gratuitamente de las novedades.
Pero la era digital fue rápidamente modificando la realidad y los hábitos de consumo y promediando la década de 2010 la venta de publicaciones mermó hasta desaparecer casi por completo.
Entonces nos vuelve a la memoria, y nos hace reflexionar, aquella frase de que todo pasado fue mejor, ¿fue mejor?
Para el final un deseo
En fin, estos lugares, icónicos en todo pueblo o ciudad, sería bueno que no desaparecieran, por el contrario, que pudieran guardan aunque sea un poquito de la mística que una vez los vistió en otro tiempo.
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