Artículo publicado originalmente en BBC.com
Entre pizzerías con chivitos, parrilladas, banderas celestes y un club social que organiza festejos patrios, miles de compatriotas mantienen vivas sus raíces, aunque muchos reconocen que “acá se cambia felicidad por plata”.
Con un mondadientes en la boca, un hombre de unos 60 años, canoso y sereno, termina una cerveza de litro.
Está solo, en un bar muy de Montevideo: mesas de madera, dos ventiladores intentando mitigar el calor, un espejo en la pared, un televisor encendido y carteles promocionando fiestas para la Noche de la Nostalgia, la mayor celebración uruguaya.
Acaba de cenar un chivito —sándwich típico con carne, jamón, queso, panceta, huevo, tomate, lechuga y mayonesa— con papas fritas.
Pero no está en Uruguay, sino en la Pizzería Montevideo de Elizabeth, Nueva Jersey, a 8.600 km de Montevideo. Allí, Jacqueline Tejera, de 57 años, prepara chivitos, pizzas a la uruguaya —masa alta y mucho queso mozzarella— y otros clásicos: milanesas napolitanas, pascualinas, ravioles, canelones, zapallitos rellenos en verano o busecas y cazuelas en invierno.
Lo hace desde hace 21 años, cuando abrió el local junto a su esposo. Habían llegado con sus dos hijos en 2002, empujados por la crisis económica. En Elizabeth ya estaba su suegro, emigrado en los 70 al mismo rubro. Como ellos, miles de uruguayos eligieron esta ciudad, a 35 minutos en tren de Manhattan.
Más uruguayos por kilómetro cuadrado
Elizabeth se volvió la ciudad más uruguaya de EE.UU., donde hasta se ven más banderas celestes que en algunas calles de Montevideo. En pleno centro, un busto de Artigas mira al ayuntamiento.
¿Por qué Elizabeth? La respuesta es casi siempre la misma: ya había algún pariente o amigo.
“Es muy difícil que encuentres familias uruguayas que migren sin al menos un contacto”, explica a BBC Mundo Silvina Merenson, doctora en Ciencias Sociales de la UNSAM, autora de una investigación sobre esta comunidad.
Según ella, al inicio fue económico: trabajar en Nueva York era posible, pero radicarse allí era caro. Elizabeth ofrecía cercanía y menores costos.
En menos de dos kilómetros hay cuatro restaurantes uruguayos, algo inusual en EE.UU.
Uruguay tiene 3,5 millones de habitantes y medio millón en el exterior; el 14% en EE.UU. Según la Oficina del Censo, unos 75.000 uruguayos viven allí. La mayoría llegó entre 2000 y 2010. Elizabeth concentra más: 1.700 uruguayos, uno cada 100 habitantes. En números totales solo la supera Miami, pero allí su proporción es mínima. Tras la crisis de 2002 llegaron a ser el doble.
Un pueblo
Elizabeth es ciudad legalmente, pero parece un pueblo. Tiene una calle principal con iglesia, biblioteca y tiendas modestas: maniquíes amarillentos, perfumes baratos y la inevitable cadena de hamburguesas.
Su tamaño equivale a tres barrios montevideanos. Casas de madera de dos pisos, techos a dos aguas, colores pastel y maderas ajadas marcan el paisaje, junto con edificios bajos similares entre sí.
No hay supermercados grandes, pero sí almacenes con cortes de carne al estilo del Cono Sur. Manhattan queda a un tren bala de distancia: allí lujo y velocidad; aquí, calma. De todas formas, los uruguayos sienten la vida más rápida que en su país.
Es una ciudad portuaria e industrial, aunque con menos movimiento que antes.
“Siempre había trabajo en fábricas, no siempre en la misma, pero todos los días algo”, recuerda Adriana, 52 años, indocumentada desde que llegó en 2002. Sueña con volver a revolcarse en la arena de Montevideo.
Merenson señala que la emigración a Nueva Jersey fue de clases medias-bajas, distinta a la de Nueva York, más profesional. Por eso el idioma pesa: muchos llegan sin inglés, y en Elizabeth domina el español. Incluso Jacqueline Tejera, tras 20 años de atender público, apenas habla inglés.
“Little Montevideo”
En el centro está el Club Uruguayos Unidos, que reúne a compatriotas en eventos de tango y candombe. Su presidenta, Noelia Ríos, llegó adolescente en la crisis y hoy organiza festejos por el bicentenario de la independencia, con izado de bandera uruguaya frente al ayuntamiento.
En Elizabeth conviven uruguayos, colombianos, ecuatorianos y portugueses. Martha Machado, colombiana de 59 años, se casó con un uruguayo y juntos emprendieron en gastronomía. En 2020 compraron la panadería La ROU, donde empleados y clientes son casi todos orientales.
Los compatriotas suelen ayudar a familiares y allegados, pero no actúan como comunidad. Hablan de envidia y desconfianza. Walter Díaz, técnico en refrigeración, admite que sus amigos son sus clientes.
“Acá cambiás felicidad por plata”
Fernando Scariato, 59 años, atiende la parrillada El Leño. “Tenés que trabajar 12 horas; con 8 vivís, pero si querés progresar son 12”, dice. Llegó hace 36 años y aún extraña Uruguay:
“Nadie quiere estar acá, todos quieren volver. Acá cambiás felicidad por plata”.
Tejera coincide: trabaja entre 12 y 14 horas. Hace poco contrató a Shandira Rodríguez, de 27, recién llegada con esposo e hijo de 5 años. Le preocupa la seguridad en las escuelas: “Me da terror lo que pasa, en Uruguay no”.
Sin embargo, Elizabeth es tranquila, y como cada agosto, sus uruguayos celebran juntos la independencia, a miles de kilómetros de casa.

