El Lic. Oscar Padrón Favre, historiador, escritor y docente duraznense, volvió a poner sobre la mesa una de sus preocupaciones más sostenidas: la persistencia del centralismo en las políticas del Estado uruguayo y la inequidad que eso genera entre Montevideo y el interior del país.
Para disparar la reflexión, Padrón Favre eligió la canción «Morir en la capital» de Pablo Estramín, una pieza que sigue siendo vigente décadas después de su creación. Su argumento es que, para acceder a recursos, asistencia o soluciones a problemáticas sociales como la pobreza, la situación de calle o las adicciones, Montevideo sigue concentrando ventajas que el resto del país no tiene. «Los recursos surgen como de un manantial inagotable», describió, financiados por toda la población del país pero redistribuidos, según afirma, con criterios que olvidan esa contribución.
Una lógica que viene de la Ciudadela
Padrón Favre ubica el origen de esta lógica en tiempos coloniales. La forma en que desde la capital se refería al resto del territorio —»ir para afuera», como al cruzar la puerta de la Ciudadela de la antigua Montevideo amurallada— sigue presente en la vida cotidiana, sin murallas físicas pero con una capital que, describe, mira hacia el puerto y da la espalda al interior.
Señaló que distintos gobiernos, independientemente de su signo político, han impulsado planes y programas sociales presentados como nacionales que en la práctica se ejecutan mayoritariamente en Montevideo o el área metropolitana. «Cuando llegan al interior, lo hacen con demoras y en condiciones desventajosas», afirmó.
También cuestionó la falta de reacción de los propios legisladores del interior, quienes a su juicio no denuncian con suficiente énfasis las diferencias en la ejecución presupuestal. Recordó que José Mujica fue uno de los últimos líderes en señalar estas inequidades de forma reiterada, «incluso en soledad dentro de su propio espacio político».
El centralismo que se replica dentro del interior
Padrón Favre extendió su análisis más allá del gobierno nacional y señaló que ese mismo patrón se reproduce a nivel departamental: las capitales departamentales han concentrado históricamente recursos y decisiones en detrimento de las localidades más pequeñas.
«Lejos de ser inocente, el interior también tiene responsabilidades, tanto por omisión como por acción, especialmente a través de sus dirigencias políticas», expresó. Reconoció que la Ley de Municipios generó mejoras parciales, pero consideró que queda un largo camino para las localidades que no alcanzan esa categoría y que continúan en mayor desprotección.
La frontera simbólica del centralismo, que históricamente se ubicó en distintos puntos —desde el Paso Molino hasta el arroyo Las Piedras—, hoy se identifica con el río Santa Lucía: un límite entre dos realidades diferentes dentro del mismo país.
Deudas históricas: productores, educación y pauperismo rural
El historiador hizo referencia a problemáticas que, según afirmó, no han recibido la atención necesaria. Mencionó el pauperismo rural de los llamados «rancheríos» o «pueblos de ratas» que afectaron durante décadas al interior. Si bien reconoció el papel de MEVIR en la mejora de esas condiciones, señaló que la solución fue parcial y que en muchos casos la reducción del problema estuvo más vinculada a la migración que a políticas sostenidas.
En educación, cuestionó la falta de acceso equitativo a la formación universitaria para jóvenes del interior, especialmente de zonas rurales y localidades pequeñas, y criticó las limitaciones a la educación a distancia en la UDELAR. En materia productiva, señaló la desaparición de miles de pequeños productores rurales sin que eso haya generado una respuesta de emergencia nacional comparable a la que sí obtienen las problemáticas urbanas. «Para los pequeños productores nunca llegó ese manantial de subsidios», sostuvo.
El mensaje implícito de estas políticas, concluyó, es claro: «Si te venís para la capital, aquí sí podemos subsidiarte con generosidad».

