Se llama Carlos Florentino Jérez, tiene 58 años y es un típico duraznense, mezcla de campo y ciudad. Nació y se convirtió en adolescente en Pueblo de Álvarez, pero está radicado en la capital del departamento desde hace 15 años. Su oficio, la esquila, lo lleva cada año durante varios meses a Zaragoza, España, donde trabaja hace 14 años.
Cada tanto, en la charla con El Acontecer, se cuelan algunas palabras que denotan su tiempo compartido con España. «Los chicos», dice, para referirse a los jóvenes. Y algún otro término que se afincó en su léxico, del mismo modo que él comparte sus tiempos entre las fincas rurales de Zaragoza y los establecimientos del centro del país.
Un oficio de familia
«Empecé a esquilar en 1987 y viene como de un origen de familia. Mis abuelos, mis tíos eran todos esquiladores, yo soy el único que saqué el oficio por la esquila. No sucedió lo mismo con mis hermanos, tengo dos hermanas mujeres y un hermano policía, que no siguió este rumbo», comienza diciendo.
«Me quedé afuera y desde chico me despertó la pasión por eso. Dentro del camión de la esquila hice todos los oficios. Empecé como canchero con José Roldán, un conocido instructor del sur, barriendo. Al año ya estaba esquilando, con él aprendí a esquilar. Ahí empecé a hacer la carrera», relata.
En sus palabras se dibujan esquemas de trabajo que actualmente perimieron. Ya no hay camiones, ya no hay barras, se modificaron los meses de trabajo. «Las zafras antiguamente eran de octubre hasta más o menos el 15 o 20 de diciembre. No era más de eso porque era ese el proceso. Después los años fueron cambiando porque el sur implementó la esquila preparto. En algunas zonas se empieza en mayo y acá para el sur se empieza en junio», explica.
«Hoy en día casi todo el año es esquila. El sistema de esquila cambió aproximadamente en los años 2000 y eso a nosotros nos conviene más, los cambios que se implementaron nos permiten trabajar más tiempo. Antes era de octubre a noviembre y después tenías que buscar otra cosa para sustituir el año», agrega.

Nueve meses esquilando, cuatro en España
Sobre la posibilidad de vivir de este oficio, Carlos responde que sí, que es posible. «Los que estamos yendo a España vivimos de esto. Yo vivo prácticamente nueve meses esquilando. Me voy por tres meses a España, pero como ya nos dieron la radicación en España podemos estar nueve meses allá esquilando. Por lo general estamos cuatro meses, siempre con la empresa para la cual trabajo. Me voy en marzo y cuando llego de vuelta a Uruguay, ya en julio tengo las preparatorias acá. Hasta el 15 o 20 de diciembre estoy esquilando acá en Uruguay», cuenta.
El buen uruguayo
Carlos habla en plural porque involucra a cientos de uruguayos que viajan a España anualmente para participar de la esquila en aquel país. Su odisea europea comenzó cuando otros colegas ya habían abierto puertas de trabajo en la España rural.
«En aquel país entraban muchos rumanos y polacos, muchos trabajadores de Europa del Este, después algunos empresarios tuvieron la visión de venir a Uruguay a buscar gente. Entiendo que por el idioma y por la conducta y por un montón de cosas positivas que tenemos nosotros. Los polacos eran bastante desordenados, no todos, pero eran bastante desordenados por el alcohol y otras cuestiones. Al principio fueron unos 6 o 7 colegas de Uruguay, los empresarios vieron que había un buen trato con los españoles, que el idioma ayudaba mucho y nuestra conducta era ejemplar, entonces comenzaron los viajes masivos», destaca.
Responde a una empresa española, de unas 15 existentes hoy que contratan esquiladores en Durazno, Florida, Artigas o Lavalleja. «Están entrando más o menos unos 400 esquiladores uruguayos a España. Al principio vinieron a buscar gente especializada y se fueron algunos. Después las empresas contratan gente conocida, en mi caso que soy encargado de cuadrilla llevo gente con experiencia, que ya esté en el rubro», indica, y agrega que la experiencia abrió una puerta especialmente valiosa para los jóvenes del norte del país, donde escasea el trabajo.
Un día cualquiera en el campo español
«El día nuestro empieza muy temprano, según la distancia que tenga porque a nosotros nos dan una casa para estar y desde ahí tenemos que manejarnos todos los días, ir a la finca, esquilar y volver a la casa donde nos quedamos. Un ejemplo, es como que vivamos en Durazno y vayamos a San José, Florida o Canelones cada día, entre 100 y 200 kilómetros. Dependiendo de la distancia, en mi caso salgo a las 4 de la mañana para hacer ruta para llegar a la finca a las 7. Es bastante duro», describe.
«Físicamente hay que cuidarse, porque son muy pocas horas de sueño. Yo siempre digo a los chicos nuevos que traten de cuidarse. Lo máximo que dormís en España son 6 horas. Y mucho cuidado físicamente, porque si vos no dormís en la noche es muy difícil que el cuerpo te aguante 90 días o 100 días», advierte.
Sobre la posibilidad de disfrutar del país mientras trabaja, responde rápido que sí: «No solo se esquila, sino que se aprende mucho de ello y se ve mucha cultura, porque todos los días pasás por un pueblo distinto y pasás por ciudades muy grandes y ves cómo se manejan ellos. Eso me permite decir que estamos bastante lejos de lo que es Europa, lejos en limpieza y en cultura, en el orden para manejar, en un montón de cosas que todavía nos falta».
Sobre el trato recibido, hace 14 años que viaja a España y hace 8 que es encargado de cuadrilla en la zona de Zaragoza, siempre en la misma empresa. «Tengo un trato casi familiar con los ganaderos, es un trato espectacular, no nos podemos quejar por nada, nos tratan muy bien. Y el empresario también porque se da cuenta que el uruguayo es muy trabajador y es muy eficiente y cumple con el trabajo y lo hace muy bien», sostiene.
Elegir Durazno para vivir
Carlos comenzó su periplo español a los 43 años. Hoy, a los 58, no se arrepiente de haber elegido Durazno para vivir y España para trabajar buena parte del año. Consultado sobre si alguna vez pensó en radicarse allá, responde: «No, ya era bastante maduro. Capaz que si hubiese entrado con 18 o 20 años, como el chico que está entrando ahora, capaz que sí, que la cabeza se hubiese dado vuelta de otra manera y me hubiese quedado allá. Sin embargo tengo mis cosas en Uruguay, mi casa, aquí me afinqué y moverme sería un cambio muy grande».
Sobre el futuro del oficio, marca una diferencia entre el norte y el sur del río Negro. «En el norte hay mucho menos trabajo que en el sur, pero en el sur está complicado el tema juventud. Hoy en día la juventud está bastante perdida en otras cosas, entonces va a ser complicado, dentro de unos años va a ser muy complicado que la gente vaya al campo. La esquila te debe gustar porque es un trabajo duro, si no te gusta no vas a poder seguir», aporta desde su experiencia.
Una economía que derrama
Hacia el final, valora el camino recorrido, que le permitió «hacer una diferencia económica», con un impacto que también llega al resto de la población a través del aporte de cientos de esquiladores que cada año ingresan recursos económicos al país.
«Muchas cosas han mejorado en la economía uruguaya en estos tiempos. Cuando empecé en la esquila, en el 87, tener una moto era impensable. Hoy en día ya no ves esquiladores que anden en motos, andan en camionetas y tienen su casa propia. En el norte, en Artigas por ejemplo, hay muchos pueblos que viven de los esquiladores que viajan a España, otros a Estados Unidos, son pueblos que hoy están bien porque viene mucho dinero de afuera», concluye, a horas de emprender la tarea en el centro del país, a meses de retornar a España.

