Hay noticias que no entran en el cuerpo de una ciudad. Te golpean, te dejan como abandonado, triste, y después, cuando hacés el repaso mental, te reís. Porque el Negro se fue cantando hasta el final, tocando el tambor, gorjeando o haciendo sonar un chifle para sacarle lo docto a cualquier cosa, como el año pasado en la sala Zitarrosa, cuando apareció con un gorro de colores y la gozó entre amigos.
La noticia de su muerte cayó ayer sobre el cemento de Montevideo como un golpe seco, de esos que dejan un silencio largo en las esquinas. Se replicó en redes, grupos de WhatsApp, en el boca a boca. Rubén Rada murió este miércoles a los 83 años, después de un mes peleando contra una neumonía y sus complicaciones. Lo confirmó su familia por Instagram, a las tres y media de la tarde: «se fue y ahora descansa en paz nuestro querido esposo, padre y abuelo». Decir que se fue el Negro es decir que la ciudad se quedó sin su pulso más vivo, sin ese motor humano que durante seis décadas le enseñó a varias generaciones cómo suena la alegría cuando se la toca con dolor, con historia y con el alma al desnudo.
Rada no fue simplemente un músico. Fue una fuerza de la naturaleza vestida de tipo común, un puente entre el conventillo y la vanguardia. En un país donde la melancolía suele ser la moneda corriente, él impuso el ritmo no como festejo pasajero sino como forma de resistencia. Su voz -áspera, flexible, capaz de pasar del susurro tierno al alarido místico de una llamada- era el instrumento definitivo. No necesitaba adorno. Cuando cantaba, el tiempo se paraba a escuchar.
No se lo puede clasificar. Es un relámpago que toca todo lo que toca: jazz, rock, murga, funk, candombe. Y el candombe de Rada nunca fue solo un ritmo. Fue una máquina del tiempo que te arrastraba a los viejos conventillos, a las llamadas de Ansina y Cuareim, a la historia oral de un pueblo contada con tres tambores.
Su música fue siempre el antídoto para algún dolor. No importaba si venía del rock, del jazz, del pop o del candombe más puro: lo que salía de sus manos y de su garganta tenía el sello inconfundible de los elegidos. Tenía esa elegancia callejera, la capacidad de hacer que la complejidad armónica sonara tan natural como una charla entre amigos en la vereda.
Se va un tipo que fue semilla y fruto. Un músico que le enseñó al Río de la Plata a bailar sin culpa y a escuchar con atención. El jazz me enseñó que el piano, la trompeta y el saxo pueden conversar.
ada no conversaba: te golpeaba con el ritmo y después te desarmaba con una melodía tierna. Fue el que nos enseñó que el verdadero swing no se aprende en un conservatorio. Nace de la tierra.
(La base de este texto es de una serie de perfiles de músicos que vengo escribiendo desde hace un tiempo)

