Sebastián Marset fue arrestado en la madrugada de este viernes 13 en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. La captura estuvo a cargo de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico y la Fiscalía de Sustancias Controladas de ese país, con el apoyo de la DEA y ya fue trasladado a Estados Unidos a Nueva York donde será enjuiciado.
Marset se encontraba requerido por la Justicia de Paraguay desde febrero de 2022, acusado por delitos de narcotráfico y lavado de dinero. A esa solicitud se sumaron luego requerimientos de Bolivia y Estados Unidos (EE.UU.). Estuvo 1473 días prófugo.
La pregunta es: ¿caído Marset, se termina el crimen organizado?
La tentación es creer que sí. Que la captura del CEO invisible que movía toneladas por la Hidrovía y usaba al Uruguay como envase respetable es el final de la película y no solo el final de un capítulo. Pero el crimen organizado no funciona como una empresa con un solo gerente general que, si desaparece, apaga las luces y baja la persiana. Funciona más bien como una hidra, esa figura que Julio Guarteche repetía como advertencia.
La experiencia regional es tozuda. México, Colombia, Ecuador, Paraguay: décadas de “estrategia de capos” muestran que cortar la cabeza más visible no desmonta el negocio, apenas lo obliga a reacomodarse. Cuando un jefe cae, lo que suele venir no es paz, sino fragmentación: clanes que se parten en facciones, herederos improvisados, peleas por rutas, territorios y bocas. A veces, incluso, la violencia sube un escalón durante ese reacomodo, mientras se negocia quién cobra la renta y quién pone los muertos.
En el caso de Marset, su captura -y el probable viaje hacia un juzgado federal de Estados Unidos, lejos de Montevideo- pega en una pieza clave: la combinación de lavado, logística y prestigio institucional que él vendía como paquete cerrado. Eso importa, claro. Pero nada de eso toca el núcleo duro: la demanda de cocaína en Europa y en el norte, la Hidrovía, los puertos, los contenedores, los protectores del capital y, sobre todo, los gurises de Casavalle, Cerro Norte o San Carlos que siguen parados en la misma esquina con las tres C como horizonte: Cárcel, Cuneta, Cristo. Si algo muestra la caída de Marset no es el fin de este tridente, sino su capacidad de mutar: el CEO podrá cambiar de nombre o de país, pero mientras las grietas sigan en el mismo lugar, la hidra va a seguir encontrando por dónde asomar la cabeza.
La historia de Marset, el CEO invisible
A diferencia de los viejos capos del narcotráfico, que construían poder a fuerza de violencia visible y ostentación, Sebastián Marset desarrolló otro modelo. Silencioso, paciente y empresarial. Su figura encarna una transformación del crimen organizado en el Cono Sur: del narco territorial al gestor de redes transnacionales.
Marset aprendió pronto esa lógica. Entre 2013 y 2018 pasó por cárceles uruguayas como el Penal de Libertad y el Comcar. Allí convivió con narcotraficantes internacionales y observó cómo funcionaban las rutas globales de la cocaína. Aquellos años operaron como una escuela. Escuchó a intermediarios europeos, a operadores vinculados a organizaciones brasileñas y a traficantes paraguayos. Comprendió algo esencial: el poder real no estaba en dominar un barrio, sino en controlar flujos.
Cuando salió de prisión en 2018 ya tenía un plan. Se instaló en Paraguay, registró empresas y comenzó a construir una red logística. Su estructura conectaba productores de cocaína en Bolivia, distribuidores en Brasil y operadores portuarios en el Atlántico. Cada integrante conocía solo el tramo de la cadena que le correspondía. Nadie tenía el mapa completo.
Ese modelo convirtió a Marset en lo que algunos investigadores describen como “el gerente de la hidrovía”. Aprovechó la red fluvial que conecta Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay para mover cargamentos hacia Europa camuflados en comercio legal. Contenedores de soja, cuero o lana podían esconder cocaína sin alterar el circuito formal de exportación.
Uruguay jugó un papel clave en esa ecuación. La reputación internacional del país -asociada a estabilidad institucional y bajo nivel de corrupción- funcionaba como un escudo logístico. Un contenedor que salía de Montevideo despertaba menos sospechas que uno proveniente de otras rutas tradicionales del narcotráfico.
Las investigaciones del operativo paraguayo “A Ultranza Py” estiman que la red coordinada por Marset participó en envíos que superan las 17 toneladas de cocaína entre 2020 y 2021. Solo esos cargamentos incautados en Europa tendrían un valor potencial de más de 430 millones de dólares en el mercado final.
La estructura operaba como una empresa multinacional clandestina. Había proveedores, transportistas, operadores portuarios, distribuidores europeos y especialistas en lavado de dinero. Las comunicaciones se realizaban mediante plataformas encriptadas y cada miembro utilizaba alias y pines digitales.
Durante años Marset logró mantenerse fuera del radar público. Pero su invisibilidad se quebró en 2021, cuando fue detenido en Dubái con un pasaporte paraguayo falso. Desde la cárcel gestionó un nuevo pasaporte uruguayo que finalmente le permitió recuperar la libertad y desaparecer nuevamente.
Desde entonces su rastro aparece en varios países. En Bolivia llegó a vivir en Santa Cruz de la Sierra bajo identidades falsas, incluso participando en un club de fútbol local, hasta que en 2023 un gran operativo policial intentó capturarlo sin éxito.
Hoy Marset es buscado por múltiples agencias internacionales. Para los investigadores, su caso representa algo más que la historia de un narcotraficante. Es la prueba de cómo el crimen organizado adoptó las lógicas de la economía global: redes flexibles, compartimentación de la información y logística sofisticada.
El narco de los años ochenta necesitaba ser visto. El del siglo XXI, como Marset, prefiere no dejar rastro. Maneja rutas, dinero y contactos desde la sombra. Un CEO clandestino cuya principal ventaja no es la fuerza, sino la invisibilidad.

