Llegar a París por primera vez supone querer visitar ciertos sitios y lugares que por su historia, su vigencia o comentarios de amigos se convierten en los primeros a donde acudir. Es el caso de la catedral de Nuestra Señora de París, conocida por su nombre en francés como Notre Dame, situada en la llamada Isla de la Ciudad, sobre el río Sena.
Notre Dame es célebre por varios motivos, el más reciente, el trágico incendio que devastó parte de su estructura en 2019, y otro, su aparición en obras literarias y en el cine, recuérdese la historia y las películas sobre el mítico y deforme personaje que se escondía en una de sus torres.
Cuando días atrás me enfrenté a tan singular obra arquitectónica de estilo gótico, sentí una mezcla de sentimientos que tenían que ver un poco con mi sorpresa de tener la posibilidad de estar allí, y otro poco, con mi religiosidad alimentada desde la niñez.
Una larga cola de algo más de dos cuadras debía ser sorteada para poder ingresar a la catedral. No seguí el común sentir de la mayoría del público allí presente y decidí tomar algunas fotografías.
Mirando hacia lo alto de las torres, y luego de un largo rato, recordé el nombre del tan mentado personaje que me impresionó, en la época de cine en blanco y negro, en la cinta que sobre esa historia protagonizara el gran Charles Laughton.
Muy bien, se trata del jorobado de Notre Dame, ni más ni menos.
A todo esto, un pequeño de la mano de su madre, y dirigiéndose a ella en español, preguntó dónde vivía Quasimodo, señalando con su dedito hacia la catedral.
Por recomendaciones de algunos amigos, busqué las famosas gárgolas y las exploré con el zoom de la cámara de mi teléfono móvil.
Me quedé sin recorrer el interior de la tan mentada iglesia con pena de no admirar sus famosos vitrales.
Crucé el puente sobre el Sena, esperé el corte del semáforo del lado opuesto de la calle y en la esquina de Quai Montebello y Rue Lagrange me encontré con el Café Panis, uno de los clásicos de esta ciudad que había empezado a recorrer muy temprano.
Fundado a finales del siglo XIX, el Café Panis ofrece un encantador refugio del ajetreo de la ciudad y es famoso por su auténtica repostería francesa, su café artesanal y su ambiente cálido y acogedor. Con una rica historia, recibió en el pasado a clientes como F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Hoy en día sigue atrayendo tanto a parisinos como a turistas, ofreciéndoles una muestra de la cultura de los cafés parisinos, según se cuenta de su historia.
A través de la vidriera que da al río, contemplara Nuestra Señora sin dejar de imaginarme la tortuosa existencia de Quasimodo, a las diez de la mañana de París acompañado por un delicioso café y un crepe de limón confitado, antes de emprender una larga caminata de más de un kilómetro bordeando el Sena.
LA ALHAMBRA
No me referiré al complejo de edificios moriscos en Granada sino a una exquisita cerveza rubia española que he descubierto junto con Madrid. Dicha bebida es de una marca antigua ya que se produce desde hace cien años.
Me bajé del avión y me encontré con un boliche de tapas y comidas de origen más rural, se llama Sibarium y su nombre hace honor al buen comer y al mejor paladar. En medio de todo dejé olvidado mi teléfono móvil sobre un asiento en el espacio de espera del aeropuerto de Barajas. Quiso la suerte que a los pocos minutos lo pudiera recuperar.
Imposible no probar el jamón serrano de bellotas, el queso regional y las tortillas con una tosta melosa. Un lugar donde además se pueden consumir vinos y otras cosas dulces con el tradicional sello español. Tentador para cualquiera que baje de un vuelo luego de once horas de ansiedad contenida por llegar.

